
Pero también me preocupa este interés por los datos que muestran las compañías. La información es poder. Disponer de ella nos coloca en una situación ventajosa. Pero ¿es responsabilidad de los que nos proporcionan herramientas de conversación proteger esa información? o mejor dicho ¿podemos confiar en que se preocupen de protegerla? Pues aunque sea legalmente una obligación por su parte, no debemos confiar en que harán algo que nosotros debemos hacer. Proteger nuestra privacidad.
Y en este sentido, la información deja de ser poder si conseguimos que deje de ser privada. Esta contradicción, por una parte proteger nuestra privacidad (lo que debemos proteger es nuestra intimidad) y por otra, aumentar la información pública, puede ser la clave del nuevo orden informativo. Google vive de eso. Cuanta más información hay, más nos conoce, más perfecciona su sistema productivo pero, también, más nos ofrece. Protege tus fuentes, me decían en la
Facultad de Periodismo. Sin embargo, la nueva forma de concebir el mundo que se está imponiendo postula justo lo contrario: revela tus fuentes, haz participar a más gente en la conversación y aumentará exponencialmente la información y las posibilidades de desarrollo.
Yo soy nuevo en las redes sociales. Mis perfiles en
Facebook o
Twitter no tienen más que unas semanas. Pero intento no poner en ellos nada que no sea público. Si algo es privado, debemos mantenerlo en un entorno privado. No podemos exigir a nuestros amigos o conocidos que firmen un contrato de confidencialidad sobre lo que nosotros mismos hemos colocado en el espacio público.
Para finalizar, creo que los que no hemos crecido en las redes sociales no entendemos el cambio fundamental que estas han provocado en la forma de entender la transmisión de información. Nosotros, los dinosaurios de Internet no podemos concebir que se produzca esa cantidad de intercambios de información personal entre chicos y chicas, que consideran perfectamente natural contar su vida en pequeños mensajes públicos. Puede ser que tengamos que acostumbrarnos a una nueva definición del concepto de intimidad, como nuestros padres y abuelos tuvieron que acostumbrarse a oír como sus hijos, sus vecinos o sus amigos reconocían detalles tan personales como que se habían divorciado, que eran homosexuales o que su hija se había ido a vivir con un hombre sin haberse casado. Creo que todos hemos visto alguna vez el estupor de una persona mayor ante ese tipo de información que a nosotros nos puede parece natural comentar. Es la misma cara que se nos queda cuando escuchamos lo que hacen nuestros hijos o sus amigos en
Facebook,
Twitter o
Tuenti.